Una foto no te inventa. Te devuelve lo que ya estaba ahí.
Veinte minutos hablando, dos horas mirándose, una vida reconociéndose.
El retrato editorial empieza antes del primer disparo: una conversación, un café, dos pruebas de luz. Cuando entra la cámara, ya no hay nada que actuar. La imagen llega cuando dejas de buscarla.